Los juezes elegimos este cuento en 2do lugar por su manera tan desenfadada de contar las cosas: imagina que has caminado toda la noche por una ruta y luego de tantas batallas con entrenadores, encuentras a uno de ellos en son de paz, una fogata, una botana y una historia que te deja con los ojos mas abiertos que huevo cocido con sal y limón. Perdonen el lenguaje altisonante, era necesario.

El innumerado

Al sur de Pueblo Paleta, al oeste de las Islas Espuma, entre la 21 y la 20 hay una islita venida a menos, viniendo a menos cada año, cada pinche día, hora, ahorita mismo, mientras escribo esto, se está yendo al carajo un poco más. Isla Canela, le llaman.
La cosa no siempre fue así, ahora puedes verla flotando bamboleante con su volcán dando la cara al cielo, un cúmulo de piedras calientes sin razón, sí, hoy en día más parece que Groudon se cagó en el mar para burlarse de Kyogre. No siempre fue así, no todos lo saben y muy pocos lo recuerdan, pero alguna vez fue un “lugar”, fue “algo”, basta decir que contaba con un gimnasio oficial y un laboratorio especializado en genética de monstruos, qué madres, no era “un” laboratorio, era “el” fokin laboratorio más importante de todo Kanto, ¿y ese volcán que más parece la mierda humeante de Groudon? Nada, ni al caso, no había tal volcán, ¿puedes creerlo? Pues tengo un amigo de un amigo, el viejo Fuji, que tiene fotos de la isla de hace algunos años y te juro que no hay ni un pinche volcán, nada de nada.  Ahora, ¿cómo es esto posible? Y ¿por qué la gente no pregunta, no investiga? Una isla reconocida por la mismísima liga con una laborotoriote y todo, no desparece en dos años para convertirse en un volcán flotante en medio de una ruta marítima.

Lo que pasó.

Lo siguiente, no es precisamente una revelación, es de esas historias que se comentan a voces susurradas entre gente aburrida, algo que la gente no cuenta de día, lo pinche innombrable, tabú, esas ondas. Se habla cosas extrañas acerca de la isla Canela, de sus costas, de su pinche costa Este para ser más exactos, esa que da la vista a las islas espuma.
Resulta que en esa orilla de la isla pasaban cosas extrañas, se habla de un portal que comunicaba a cualquier parte del mundo, una puerta entre las aguas, lo cierto es que si te atrevías a costear de frente a la ruta 20 encontrabas algo más que una panorámica de las islas espuma y mierda de Tentacool, los testimonios sobran, como te digo, la gente cuenta cosas.

Yo mismo tengo cosas que contar. Llegué a la isla como cualquier otro, en busca la medalla custodiada por Blaine, el líder del Gimnasio Canela. Canela se sostenía en el turismo y el turismo se sostenía a sobre los hombros de Blaine, un Gimnasio oficiado por la Liga siempre es un imán de gente, lo cierto es que Blaine tenía más de científico que de Líder de Gimnasio, de hecho creo que había elegido estar a cargo del Gimnasio Canela solo para estar, al mismo tiempo, a cargo de los proyectos de investigación genética en aquel laboratorio.

Poca gente sabe la verdad sobre el laboratorio de genética, en realidad era una fachada de algo mucho más grande, una mascarada, una excusa para justificar los gastos patrocinados por la Silph S. A. El verdadero “laboratorio”, donde pasaba toda la acción era en la vieja mansión, dicen que un tipo riquísimo estaba a cargo, sí, ese mismo tipo riquísimo, ya sabes lo que se cuenta, el “verdadero” dueño de toda la región de Kanto, el “gangsta” de “gangstas”, ¿entiendes? Ese del que no se habla aunque se sepa, la bandera negra, la R roja, ¿no? Allí lo dejamos.

El caso es que la mansión era una madre enorme y era la sede de los experimentos más terribles que te puedas imaginar, cosas inquietantes de verdad escondidas tras unos muros de lujo y alta alcurnia.  Pero, como de seguro sabes, dicha mansión acabó en ruinas después de unas tremendas explosiones que se dice vinieron del interior de la mansión, pero esa es otra historia, o quizás también es parte de la maldición de Canela.

La cosa es que durante mi estancia en Canela me enteré de algo relacionado con la salida Este de la isla, un pescador aseguraba haber visto un Chansey chapoteando en la orilla del mar, y pues, era casi obligatorio aproximarse a investigar.

Mi primera experiencia ocurrió a unos días de llegar, andaba de frente al mar, con las islas espuma a lo lejos, y las bolas en las manos, nada fuera de lo normal, el mar sin broncas, como una manta inamovible, sin olas. Liberé a Ira, mi Gyarados mi surfer, (sí, me raspa los muslos y casi me mete los huevos al cuerpo, y me marea cuando va muy rápido, pero me veo bien malote)  la onda consistía en no alejarse de la costa, en moverse de norte a sur y de sur a norte, y así. Antes que nada, yo no era el único entrenador, detalle que noté cerca de quince minutos de empezado el desmadrito, durante esos primeros quince minutos, todo iba normal, Ira avanzaba ronroneando y sumergiendo las fauces cada tanto, yo andaba sostenido de su corona crestada, mojándome los bajos del pantalón y los pies, hubo un par de enfrentamientos, cuando los Tentacool notaron las ebulliciones en el agua, el primero estiró los tentáculos para enredarse cerca de uno de mis tobillos, Ira reaccionó velozmente, antes de que yo mismo notará que nos amenazaban, de una mordida hizo reventar a la criatura como si fuera una bolsa de agua, los órganos se vaciaron en el mar, Ira bebió la mar sorbiendo los restos del Tentacool, como siempre haciendo un ruido espantoso, vinieron un segundo y un tercero. Entonces apareció el entrenador, se dirigía hacia mi, a gran velocidad, a lo lejos distinguía la clásica gorra, de esas que la liga distribuye para sacarle dinero a los pequeños que aún no tienen licencia, era delgado, andaba con los brazos cruzados, de pie sobre el caparazón de un indiscutible Blastoise, cuando estábamos lo bastante cerca como para notarnos a todo color, pude verlo sonreír, era joven, al menos más joven que yo, trece a lo mucho, con prendas de esas que llevan pokebolas por todos lados y la clásica bolsa de viaje a los hombros, no se había quitado los  tenis, no cabe duda, bien conveniente navegar en línea Blastoise, Ira me permite más altura y por consiguiente una mejor vista del camino pero la tortuga te mantiene más seco durante la jornada, en fin, el tipo me sonrió, casi inocentemente, sujetando la punta de su visera como un niño-vaquero, levante una mano en señal de saludo, ninguno de los dos llevaba bolas en las manos, de lo contrario abríamos de combatir según las normas de la liga, eso fue una fortuna yo no andaba con humor para esos trotes, y ya me sentía bastante fastidiado, se alejó y me alejé, supongo que también había escuchado algo de aquel Chansey a las costas de Canela, buscaba lo mismo que yo, respuestas. Luego de saludar al joven entrenador empezó el desmadre. Ira tiende a agarrar mucha velocidad cuando no hay enfrentamientos, llevábamos unos diez minutos sin un Tentacool a la vista, y ya iba bastante rápido, entonces vislumbré una cresta de agua, adelante, a donde me dirigía, pude ver como el agua se hinchaba, algo surgía del mar, algunas veces, las menos, se dice que algún Tentacruel se aventura fuera de las profundidades acostumbradas, este no era el caso, todo coincidió, a la distancia perfecta, la ola reventó y un rugido que solo había escuchado antes en la Zona Safari, a kilómetros de allí, contaminó todo el aire, no era un rugido de batalla, esos rugidos que los monstruos arrojan al ser liberados, era más bien un chillido de terror y dolor, más similar al llanto final de un monstruo al caer derrotado, entonces surgió de las aguas, un par de enormes cuernos perlados, ojos intensos fulgurantes y preñados de terror, la boca se agitaba de arriba a abajo nunca consiguiendo cerrarla del todo, rebosando espuma a borbotones hediondos, una montaña muscular de fuerza, terror y furia, un Tauros, las tres colas azotando el agua, las patas bailando, provocando espuma. Ira rugió también algo asustado, no lo suficiente, un Gyarados nunca se asusta lo suficiente, atacó, bueno, nunca atacaría sin que yo le diera el comando, la verdad es que yo también estaba asustado, y el terror en el Tauros solo hizo detonar el terror en mi, Ira mordió, vomitó rabia de dragones, azotó, solo mientras los ojos del Tauros se llenaban de agua pude entender (o pude aceptar) que se estaba ahogando, pero ¿qué hace un Tauros en el mar?, de hecho estoy casi seguro de que algunos de ellos, con la preparación adecuada aprenden a nadar, éste no sabía, ¿cómo llega un Tauros sin saber nadar a una ruta marítima? Y peor aún ¿cómo sobrevive?, esa sí me la sé: no lo hace. Apenas tocamos las costas de Canela, solo pude devolver el desayuno sobre la arena, sentí algo pegajoso en las mejillas, entonces me di cuenta que lloré, invoqué a Ira, no quería verlo, todo era muy confuso y sobre todo, todo era horrible. Lloré un poco más, el Tauros luchando por sostenerse a flote, por beber un poco de aire, Ira destruyéndolo, nada fue justo o correcto, solo podía pensar en eso, luego caí en la cuenta de que estaba caminando, hacia el centro, a la seguridad, necesitaba ayuda pero no quería contarle nada a nadie, al menos nada de lo vivido con el Tauros.

Prometí no regresar a “investigar”. Me mentí.

 

La segunda experiencia ocurrió una semana después, me agarré bien fuerte las bolas (ya, chiste muy usado, no deja de funcionar) y me aventé a la costa Este de nuevo.
A lomos de Ira, otra vez solo costeando de arriba abajo, prácticamente hacia ningún lago.
El joven entrenador estaba allí de nuevo, sobre el caparazón del Blastoise, los brazos cruzados, no reconocí la silueta al instante, se notaba algo diferente, pero no podía ser nadie más, la misma gorra, el mismo monstruo, la persona estaba algo cambiada, cuando coincidimos sobre las aguas y la luz le cayó de frente, pude mirarle, los ojos cansados, incluso desde las alturas de la cabeza de mi Gyarados noté sus ojeras y una hinchazón rojiza bordeándole los ojos, parecían más grandes y pesados, cargados de cosas desagradables, la boca antes sonriente, era apenas una línea pálida en una cara demasiado blanca para estar en una fokin playa, los brazos más delgados, el cabello quebradizo bajo la gorra que ahora parecía más grande, me miró desde su Blastoise, hizo una mueca parecida a una sonrisa, no pude evitar fruncir el seño, levante la mano, de nuevo nadie sujetaba bola alguna, de nuevo decidimos que no habría enfrentamiento, y eso estaba bien, en ese momento me reprendí a mi mismo haber regresado, ¿en qué madres estaba pensando?, el chico pasó de largo, ni ahora puedo decir si se trató de una sonrisa o una burla, o incluso una súplica, no lo sé, el chico se alejó, y yo continué sobre las la ruta 20, hacia ningún lado. Las aguas formaron una espiral pequeña, ya sabes, como el fenómeno que dicen se presenta en el archipiélago de Johto, un remolino moviendo las olas como una hélice de aire, Ira retrasó su avance, la fuerza centrífuga nos bloqueaba el paso. Entonces emergió un filo enorme del ojo del remolino, una guadaña gigantesca iba brotando lentamente mientras el agua giraba en torno, Gyarados se preparó para el combate, yo sujeté con fuerza la cresta en su cabeza, y un hedor a pudrición y hongos penetró en todo, la cosa salía lentamente, me pareció que no era la primera vez que había visto algo como eso, mi cabeza opuso resistencia al miedo que me estaba envenenando el cuerpo y flashazos de imágenes desfilaron en mi cabeza, cargados de información, de maldita información, recordé la ciudad Plateada, el pinche museo y los estudiosos de las piedras, los libros de prehistoria y las ilustraciones de las antiguas bestias salvajes que plagaron la tierra, el monstruo de las guadañas en los brazos, del cuerpo delgado como un muchacho-insecto anoréxico, la cabeza enorme y alargada como un plato. El Kabutops ascendía hacia la superficie de la ruta 20, apestando a muerte y humedad y las dos cosas al mismo tiempo, ¿emergiendo de qué mundo?, ¿de qué tiempo?. No, no se trataba de un Kabutops, esas mierdas están extintas ¿verdad?, yo aún ignoraba los horribles experimentos genéticos con fósiles que se llevaban a cabo en la isla, la criatura ahora dejaba brotar la cabeza, el cráneo, una osamenta terrible, la cosa es que el monstruo estaba hecho de huesos, justo como el espécimen en el museo de la ciudad Plateada, huesos atados por cordeles, agitándose como una cría de huesos brotando de las piernas abiertas de un mar maldito, Ira rugía confundido, le ordené atacar, la furia del dragón, Ira vomitó poder y fuego, el agua levantó vapores mientras las llamas espesas y azuladas salían disparadas de sus fauces, los huesos se prendieron, el esqueleto del Kabutops ardía en intensos azules brillantes, el Kabutops que había emergido hasta la altura del torso se desbarataba ante el cañón caliente de mi Gyarados, los huesos al desprenderse eran atraídos por la fuerza centrífuga del torbellino que aún se atrevía a girar, en un momento todo fue una coladera jalando restos de un esqueleto ancestral, Ira tenía los colmillos aún calientes y embadurnados en un engrudo de luz azulosa, al final los huesos fueron batidos por el agua, nada quedo del cuerpo, y el agua dejó de girar hasta, de alguna forma posible, regresar al mundo real.
Regresé a la orilla, cansado de mi cabeza que era una cosa palpitante y caótica, me dirigí al centro. Las cosas no estaban bien. Ahora estaba seguro de qué no quería saber más de la pinche costa Este de isla Canela, entonces noté algo, mi bolsa de viaje pesaba más, bastante más en realidad, solo en el centro pokemón pude notar esto, creo que mi cuerpo estaba entumido antes, mis pociones, llevaba dos, ahora eran muchas, muchísimas más, vacié el contenido de mi bolsa, la gente me miraba, mientras trataba de acumular en un solo grupo todas las pociones que no dejaban de caer, las sostenía con las manos, mientras no podía dejar de pensar en el esqueleto del Kabutops, como si cada una de las “nuevas” pociones salidas de ningún lado estuvieran de alguna forma relacionadas. 128 nuevas pociones, sí, las pinche conté, 130 en total con las dos originales que yo cargaba.

¿De qué se trataba todo esto? Solo quería largarme de la maldita isla.

 

Pasaron tres días, un entrenador abrió las puertas del centro pokemón donde me hospedaba, un tipo delgado y demacrado, con las ropas maltratadas por el salitre del mar, los ojos hinchados y rojizos, y unas ojeras enormes, la bolsa de viaje cargada, enorme, repleta de objetos, la gorra oficial de la liga sostenida sobre el cabello pastoso y descuidado, el chico del Blastoise. Con millones de objetos en la bolsa, ultra bolas, caramelos raros, piezas de oro puro, cientos y cientos, se dirigió a la recepción, terminó sus asuntos, salió del centro.

Le seguí, claro que se dirigía a la costa Este. Se detuvo frente al mar, yo ya sabía que la estaba cagando, que esto iba a acabar mal, vamos, hasta creo que deseaba llegar a algún final, a este final.

Me hizo frente, no es una sorpresa que supiera que le seguía, así se supone que funcionan estas cosas, ¿no?, llevaba una bola en la mano, y me señalaba con ella. Invocó a su Blastoise. Elegí a mi Venusaur, Peyote.  Me sorprendió la velocidad de un rayo de hielo, la temperatura descendió brutalmente por unos instantes que casi despedazan a Peyote, dos de sus pétalos acabaron pulverizados entre residuos de escarcha, y el frío se atenuó aún unos instantes, llegó mi turno, un torbellino de hojas afiladas aporrearon el cuerpo del Blastoise, el caparazón, las patas, la cabeza, se abrieron en múltiples cortadas y un rugido de dolor, la enorme masa del caparazón se tambaleó hasta que las patas no pudieron soportar su propio peso, el joven entrenador llamó de vuelta a su monstruo, entonces sostenía una segunda bola, cargando la maldición de Canela.

El monstruo sinnúmero fue liberado, una cosa que vino reptando de ningún lugar, que emergió del mar y fue capturado, quizás se trataba de un castigo a la isla Canela por atreverse a sostener aquella vieja mansión, donde realizaron actor terribles, o pudiera ser, como algunos dicen, una bestia nonata, innumerada y caótica que no pudo ser programada por algún sistema superior, una cosa buscando venganza, se trataba de un monstruo sin registro, una brutalidad capaz de corromper  cualquier mundo con su sola presencia y con el poder de multiplicar los deseos. No me cabe duda, también me había tocado a mí, me había dado una muestra de su poder en forma de 128 pociones, y el sujeto, este joven entrenador, se había atrevido a atraparlo. Dicen que podía presentarse de varias formas, esqueletos de bestias prehistóricas, cúmulos de energía maligna y negra con ojos y sonrisa, lo que a mí me tocó, fue peor que todo eso, fue su forma desnuda, la forma original, lo que salió de esa bola fue terrible e indescifrable a la par.
Era un código, un registro, números, datos residuales, una barra flotante fabricada con información de alguna especie, un código cifrado para algo superior. Su poder era aberrante, terrible, atacó a mi Venusaur, lo desmembró en números y códigos, no le arrancó una pierna o le partió el cráneo, algo así hubiera sido terrible pero posible, el innumerado aniquiló a Peyote convirtiéndolo en información y datos, deconstruyéndolo, engullendo los números que lo formaban de alguna manera, luego siguió con la isla, como una plaga de caos que desnuda todo lo existente dejando ver lo que está debajo. Y resulta terrible poder ver.  Todo está construido por cifrados de barras, por números, todo es información, una endiablada programación, ¿eso es lo que somos? Y ¿quién programa entonces?

 

Cuando detuvieron al monstruo sin número Canela se había convertido en un espacio imposible para ser real, todo eran ruinas de códigos computarizados, los números pendían de las piedras y los edificios, los trozos de imágenes, todo estaba triturado y desnudo… la gente, la pinche gente, algunas personas eran manojos de letras y números, algunos desaparecieron, otros se convirtieron en cosas terribles…
Con el tiempo la isla fue “configurándose” de nuevo, un volcán apareció, las personas fueron desapareciendo, algunas se reconstruyeron en forma de mar y piedras, los otros fueron olvidando, unos pocos quedamos que recordamos.

Ira nadó más rápido que nunca aquella vez, en mucho tiempo no hablé con nadie de todo esto, ignoré la existencia de la isla, como la gente fuera de ella lo hacía, como si nunca hubiera existido como yo la conocí, alguna vez me sentí enloquecer, ahora mismo no entiendo del todo qué carajos pasó.

No estoy seguro de nada, y creo que así está bien.

Sé que Peyote existió, eso sí que lo sé.

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