Es septiembre de 1998, tengo 15 años;  la preparatoria es inminente, había recibido mi primera computadora, mía, no la compartida en la estancia a la que cada integrante de la familia tenía acceso y el historial se volvía tu peor enemigo. No, ésta era mía únicamente y el internet vía “dial up” impedía que recibiera llamadas de mis compañeros eufóricos por saber cuál era la respuesta a un problema, que de ser correcta nos daría inmunidad ante el siguiente examen de álgebra.

Mi respuesta era correcta evidentemente, por tanto mi preocupación era otra; el número de marzo de 1996 de Club Nintendo había dado una ínfima nota acerca de cierto juego de rol expuesto en el Shoshinkai Show de 1995, y que…bueno, pasó totalmente desapercibido, y era ahí mismo, dos años después, que Club Nintendo (si, era mi biblia cómo ya se darán cuenta) nos mencionaba que aquel juego que tanta curiosidad había generado en mí se exportaría de Japón para nuestro continente.

Pokémon al fin había llegado a nuestro continente, airoso por su gran fama en el país del sol naciente, con algo de cambios bajo el brazo, pero con 150 (y un) criaturitas dispuestas a alimentar el perfil obsesivo-compulsivo de un Weed adolescente y con demasiado sarcasmo concentrado en 1.61m (si… yo era chaparrito).

Después de algunos meses de sobreexposición a las criaturitas de bolsillo y al “Pikachú” condenado que mi hermano veía hasta en nuestro perro chihuahua (que en realidad era Eevee, todos sabíamos eso, ¡Pikachu es un ratón por Dios!) vendí  algunos videojuegos y algunas películas de mi colección, y al final me compré mi Game Boy y mi versión Azul de Pokémon. Jugué desesperado por unas semanas, adopté a Bulbasaur cómo mi inicial favorito, a Ninetales cómo el Pokémon con el diseño más interesante, a Sandslash, Articuno, Vaporeon y Butterfree como mis hitmen, y por supuesto a  Jigglypuff, porque en mi cabeza era el único Pokémon con la capacidad de poner a dormir al enemigo y que dicha habilidad en realidad tuviera sentido; la hipnosis es un mito, y el polvo sólo lo usaba el hada de los sueños; ¡vamos, algo de realismo en su juegos Game Freak!.

En la preparatoria mientras me ganaba mi papel de estudiante estrella, una pequeña espera en un banco que no era el mío me llevó a formar parte del “Club de Charmander y sus amigos”. Resulta que no era el único volviéndose loco por Pokémon, y que casualmente en mi salón habían 4 chicos discutiendo las evoluciones de Gastly y cómo éste tenía muy poco que ver con Shellder y Cloyster.

-¡Cloyster no es la evolución de Gastly…es una almeja!

-¡Claro que sí, yo lo vi en: (inserte nombre de revista competencia de Club Nintendo que no recuerdo)!

Interrumpí la acalorada discusión, y fue así cómo Mushroom, Galilei, Blastuás (el francés) y Patricio “NoMePonganApodos”, notaron mi existencia, aclaramos las dudas de la cadena evolutiva Pokémon, y al día siguiente tenía un gafete con mis iniciales y la imagen de Charmander sonriente al lado indicando que formaba parte de un exclusivo (y muchas veces malentendido) grupo de amigos.

Pokémon se apoderó de nuestras tardes después de escuela, de nuestros ahorros, de nuestros cuartos y buena parte de nuestras mentes estrategas. Nos inventamos roles, armamos torneos (de 5) y al ser el orgulloso y único portador de la versión Azul del juego, les hice intercambios injustos por un Vulpix.

La llegada de Pokemon Yellow fue la coronación a nuestro esfuerzo, habíamos imaginado caminar al lado de nuestros Pocket Monsters preferidos, nuestras mascotas habían cambiado permanentemente de nombre y era cómo si Game Freak leyera nuestras mentes y nos diera otra razón para seguir prendados de su franquicia.

Pasaron los años y las versiones, la tecnología dio su salto, dejamos de intercambiar bestias por medio de cables;  y después de 493 personajes, algunos spin-offs, top ten de animalitos favoritos y otro top ten de los odiados; películas, colores, metales, piedras preciosas y la teoría del big bang…ehem…ying yang; Mushroom, Galilei, Blastuás, Patricio y Weed siguen esperando que novedades traerá Pokemon, y Pokémon sigue sorprendiéndonos e incluyéndonos en un grupo cada vez mayor y más ecléctico.

Aún jugamos Blue, Red & Yellow version (obviamente cuándo no estamos haciendo cosas más cool cómo ir de clubbing, o viajar por carretera) pensando que fue el videojuego que marcó nuestra vida, y aún con la nostalgia de los remakes FireRed, LeafGreen y ahora HeartGold y SoulSilver, aquel septiembre quedará por siempre en nuestra memoria; y aunque a veces temamos admitirlo en público: tenemos el pokerus.

¿Y a ti, cuándo te dio?

¡Cuéntanos!